-¡Lucy, maldita niña!
-¡Lo siento!
El sonido que produjo el suelo de madera al caer sobre él el
pequeño cuerpecito de la pequeña Lucy retumbó por todo el viejo teatro. La niña
se quedó sentada tal y como había caído, esperando el inexorable golpe seco del
señor Harrison. Sin embargo, este no llegó.
-¿Qué haces, querida? ¿Acaso crees que voy a pegarte? –Su voz
era tranquila y suave cuando la cogió por las muñecas y la hizo incorporarse. Lucy
desvió la mirada hacia sus compañeras, que mantenían el rostro sereno.- Nunca
te he pegado, pequeña. Dime, ¿Te he pegado alguna vez?
-No señor.
-Dime, niña, ¿Acaso no te he dado un techo? ¿No he
compartido mi comida contigo? –El enorme señor Harrison echaba su aliento sobre
la pálida tez de ella. Podía ver claramente todos los restos de comida de su
barba y de sus amarillentos dientes.- Sólo te he pedido una cosa, niña, dulce
niña. Sólo una cosa a cambio de mi hospitalidad.
-El suelo tenía una tablilla suelta. –Balbuceó.
El señor Harrison rió fuertemente y se separó de ella. Con una
media vuelta bajó del desvencijado escenario y se sentó en una de las sillas
junto a su mujer, una señora tan redonda como desagradable, que las miraba con
una media sonrisa.
-Venga, volved a empezar. –Berreó el orondo y nada
caballeroso señor.
Acto seguido, Nicole, que era la mayor de toda ellas, comenzó
a tocar el piano. El sonido que desprendía estaba ligeramente desafinado, pero
su interpretación era endiabladamente excelente. Y menos mal, pues si hubiese
cometido un solo fallo, habría corrido la misma suerte que Lucy.
Las demás niñas, todas más altas que ella aunque no
necesariamente mayores, comenzaron a bailar la ya muy repetida coreografía que
la señora Harrison les había enseñado. Si aquella torpe danza resultaba
horrenda no era por las preciosas niñas que la interpretaban, sino porque
francamente la señora Harrison no tenía talento alguno para la puesta en
escenario. La madera bajo sus pies no paraba de crujir, y las muchachas movían
sus cuerpecitos como si su vida dependiera de ello. Sin embargo Lucy no podía más,
llevaba demasiado tiempo bailando y no tardó en tropezar con sus propios pies y
caer redonda al suelo.
Esta vez el golpe sí llegó, y la niña notó el sabor metálico
de su propia sangre en la boca. Ni siquiera gritó, no fue capaz. La garganta no
le respondía, si intentaba emitir algún sonido, ésta se le cerraba y le impedía
respirar. Optó por callarse, mientras el enorme hombretón la cogía de un
tobillo y la arrastraba a lo largo del abandonado teatro. Nicole fue la única
que intentó impedirlo, y ese fue su gran error. Al abandonar la seguridad del
piano y acercarse gritando, fue presa fácil de la señora Harrison, que la agarró
por el vestido, desgarrándolo.
-¡Lucy está cansada, señor Harrison! –Logró decir, antes de
caer al suelo- ¡Por favor, lleva todo el día ahí arriba!
El aludido paró en seco y le dedicó una mirada contrahecha.
-¡¿Y para qué coño quiero yo una niña cansada?! –Bramó- ¡No
voy a mantener a una niña inútil!
-¡Por favor!
Lucy levantó la mirada para buscar los ojos claros de
Nicole, que la miraban con auténtica determinación. La pequeña supuso que los
suyos sólo podían transmitir miedo, y se sintió avergonzada por ello.
-Nicole, no seas idiota. –La más pequeña del grupo sonrió
con tristeza- No me defiendas, por favor.
La pianista suspiró, dejando que la señora Harrison la
agarrase y la llevase de vuelta al escenario. Lucy terminó de ser arrastrada
hasta la puerta, y notó el aire gélido de la noche como una bofetada en la
cara. Prácticamente fue arrojada en medio de la calle, ante la atenta mirada de
un hombre patético y de rostro anguloso, que no hizo otra cosa que escupir
hacia un lado y escuchar sus gimoteos.
-Señor, le juro que mejoraré. Se lo juro. No… No puede
echarme.
-No, querida, se acabó. –Le dio la espalda- Vuelve a robar
carteras, se te daba bien.
La niña se acurrucó en el suelo, mirándolo, con la esperanza
de que cambiase de opinión. Sin embargo, la puerta del teatro se cerró, y
entonces fue totalmente consciente de que le dolían los tobillos, las muñecas y
las mejillas. Se arrastró a duras penas por las calles empedradas, las mismas
calles que en primavera le parecían tan hermosas, en otoño, y a esas horas de
la noche, no eran más que una trampa mortal para una muchacha mínimamente
bonita. Consiguió levantarse y salir del callejón, dirigiendo todos sus
pensamientos hacia Nicole, la única que había intentado defenderla. Era idiota.
Nicole era la favorita del matrimonio Harrison, por el simple hecho de saber
tocar el piano. No hay muchas niñas huérfanas que supiesen hacerlo, y menos tan
bonitas como ella.
Lucy era muy buena bailarina, pero su pequeño cuerpecito
apenas aguantaba las muchas exigencias del matrimonio. Además, no había crecido
como el resto de las niñas, y quedaba muy poco estético que las bailarinas
fuesen todas de distinta estatura. Era el tercer día que se caía del escenario.
Sus tobillos se habían hinchado en exceso, y su cabeza no paraba de doler por
la falta de sueño. Aún así, no se sentía aliviada por haber salido de ese infierno.
Una vez en la calle, no había forma de sobrevivir. Allí no había comida todos
los días, ni una cama mullida donde dormir.
Aún así la ausencia de gritos la reconfortó. Por una vez en
cinco años, era libre. Dolorida y sin esperanzas, pero libre.
El problema era que no podía robar. Ya no era una niña de
diez años que se colaba entre las piernas de los burgueses, ni daba pena si se
acercaba a algún aristócrata pedante. Si alguien con un poco de dinero en el
bolsillo la viese, se aseguraría de no acercarse demasiado, y ella no podía
culparlos.
Por un momento recordó a su madre. Recordó su voz dulce y tranquilizadora,
su pequeña casa a las afueras de Londres. Y recordó a su hermana, aunque ni
siquiera sabía su nombre, y su apellido, cosa que no todos los críos de Londres
poseían.
Dobló una esquina y se encontró en una calle llena de casas
enormes, casas que podrían acoger cada una al menos a cincuenta niños de los
muchos que rondaban las calles. Lucy supuso que muchas de ellas tenían tan solo
un ocupante, pero no tenía tiempo para lamentarse por las injusticias de ese
tipo. Sólo tenía ojos para una pareja que se acercaba en la oscuridad,
caminando hacia ella. La pequeña se ocultó tras un seto frondoso y
extremadamente cuidado, pero aún así, un rostro femenino, hermoso y preocupado
asomó sobre él.
-Querido, mira esto. –La señorita le tendió la mano. Una
mano pálida y sin callos, que no habían conocido el trabajo.- Está herida.
El caballero que la acompañaba se agachó sobre ella. Era
joven, apenas unos cinco años mayor que ella, de cabello negro y frondoso, y
cuerpo alargado, pero atlético. Lucy sintió miedo, había conocido a muchos
caballeros, y todos ellos la habían mirado con odio, desprecio y asco. Aquel,
por el contrario, la observó con sus despistados ojos acuosos, y sonrió.
-Sientes debilidad por las causas perdidas, ¿No? –Suspiró- ¿Cómo
te llamas?
La pequeña retrocedió.
-Lucy. Winters. Lucille Winters.
Acto seguido, se desvanecieron los hermosos rostros que la
observaban, y se dejó atrapar por el cansancio y el dolor.
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