sábado, 2 de marzo de 2013

Jane [II] : Encantada


Cuando el carro se paró, Démian soltó un respingo.
Habían pasado todo el trayecto en un silencio absoluto, y por eso, cuando el lacayo abrió la puerta y les informó que habían llegado a casa de los Latterly, los dos se sintieron cohibidos, como si no estuviesen preparados y les faltase un plan de ataque.
-Nada de beber.
El aristocrático joven le respondió con una sonrisa amarga, como si ya se lo esperase. Tras esto le tendió la mano para ayudarla a bajar, con torpe resultado. Una vez en la calle, y delante de aquella enorme mansión, situada en medio de una docena de mansiones iguales en tamaño y espectacularidad, Jane le ajustó el cuello del traje, como una madre que repeina a sus hijos antes de entrar en la iglesia.
-Es de mala educación rechazar la generosidad de un anfitrión. –Susurró Démian lacónicamente. - ¿No cree, señorita Owlfire?
Jane recordó las formas y los modales, y se separó de su compañero. Suspiró y le miró a los ojos con desdén y resignación. Decidió cogerse de su brazo y encaminarse hacia la casa.
-Estoy completamente de acuerdo.
Les abrió la puerta el mayordomo en persona, que les recibió en seguida con una sonrisa y unas palabras de bienvenida. Los dos aristócratas se presentaron tímidamente, y entraron en la mansión Latterly, una casa tan grande como exquisitamente decorada. Jane miró cada mueble, cada espejo, celosía, cuadro y vajilla, y se preguntó a cuántos se podrían alimentar sólo con lo que había en el recibidor. Miró a Démian de reojo y percibió su mirada de desprecio, acto seguido le dio un codazo.
-Hoy eres el señor Lyons. –Le espetó.-
-¿Acaso no lo soy siempre?
Jane bufó y buscó gente conocida con la mirada. Reconoció a Diana, a Elizabeth, a su abuela, a las gemelas aquellas de las que nunca recordaba el nombre, y a Lord Latterly, un hombre mayor pero irremediablemente atractivo, de pelo totalmente blanco y señorial, que años atrás había sido de un rubio platino envidiable. En cuanto el señor Latterly giró la cabeza para encontrarse con la mirada de Jane, sonrió y se acercó a ellos, en lugar de sentirse incomodado. Sus pasos largos y seguros resonaban por encima de la música, y cuando estuvo suficientemente cercano a ellos, inclinó ligeramente la cabeza y tomó la mano de Jane.
-Señorita Owlfire.
Jane no sabía por qué se había sonrojado, pero ahí estaba, sin tener muy claro qué decir. Una simple mirada de su abuela, situada al otro lado del salón, le hizo volver en sí misma.
-Su casa es realmente exquisita, Lord Latterly, está claro que la fama de sus fiestas no es simple habladuría.  –Le dedicó una sonrisa radiante y se pegó un poco a su acompañante- Este es Démian Lyons, creo recordar que tenía curiosidad en conocerle.
Démian se revolvió ligeramente en su sitio, claramente incómodo. A duras penas pudo sonreir y dedicarle algunas palabras amables. Al señor Latterly no le importó en absoluto.
-Está claro que no puedo negar que quisiera conocerlo. –Los dos se estrecharon la mano- Siento mucho lo de su hermano.
-Se lo agradezco mucho, señor. –Contestó el aludido, recurriendo a su antiguo tono cortés.- Ha sido un golpe muy duro para mi padre, le transmito sus disculpas por no dejarse ver tan a menudo.
Latterly asintió con gesto comprensivo.
Entre aquella sobria conversación, apareció una enorme molestia con nombre y apellido. La señorita Elizabeth Atkins entró de lleno en el pequeño grupo de tres, con su radiante vestido, su radiante sonrisa y su radiante rostro. Jane sabía que llevaba un rato observándolos, así que cuando apareció no se sorprendió en absoluto de ver que finalmente había elegido un vestido azul, muy parecido al que llevaba ella misma. Elizabeth, toda rizos negros y ojos azules, se dirigió a los tres con palabras amables y disculpas por la interrupción.
-¡Démian Lyons!, cuando tiempo, querido. ¡Hace dos semanas que no sé nada de ti! –Se acercó tanto a él que Jane tuvo que reprimir una mirada asesina. –Oh, admiro su vestido, señorita Owlfire, realmente creí que vendría usted de burdeos, ¡Le queda tan bien ese color!
Se pasó un buen rato mirando el corsé de Jane, el de Elizabeth estaba tan endiabladamente apretado que era un misterio el cómo podía respirar con él.
<<Tendrá tráqueas, como los insectos. –Pensó Jane, con una sonrisa. Acostumbraba a hablar largo y tendido con el doctor Alaric, y sabía de los peligros de un corsé.- Como los saltamontes>>
-No siempre puedo ir del mismo color, querida, hay muchos otros que me sientan bien.
-No lo dudo. – Respondió ella. El señor Latterly apenas hablaba, se dedicaba a mirarlas con una sonrisa nostálgica. Elizabeth se dirigió de nuevo a Démian- ¿Se ha fijado en el piano del señor Latterly, Démian? Es sin duda precioso, debería verlo.
Y así fue como Elizabeth Atkins se aprovechó del amor de Démian por la música y se lo llevó al otro lado del salón, donde los músicos interpretaban alguna obra de un artista nuevo que nadie conocía.
Latterly le tendió la mano a Jane, y ella, sin saber muy bien lo que pretendía, le siguió a través de la mansión hasta donde se encontraba su abuela, Lady Owlfire, hablando con un muchacho alto y apuesto. Jane apenas se fijó en él hasta que su abuela le comentó con gesto dulce que se encontraba frente a Nathaniel Latterly, hijo mayor de Lord Latterly.
-Es un placer conocerle al fin, Nathaniel. –Logró murmurar al final. Nathaniel resultó ser tan rubio como debió serlo su padre años atrás, e irremediablemente más apuesto debido a su juventud. Jane calculó que no debía pasar de los veintidós años. Tenía el rostro anguloso, pero no muy marcado, ojos pequeños y acuosos, barbilla perfectamente afeitada y una sonrisa preciosa aunque ligeramente inquietante. Lady Owlfire se retiró junto a Lord Latterly a la zona de refrigerios, dejándola a ella sola ante el peligro.

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