domingo, 24 de febrero de 2013

Lucille [I]: Pasos




-¡Lucy, maldita niña!
-¡Lo siento!
El sonido que produjo el suelo de madera al caer sobre él el pequeño cuerpecito de la pequeña Lucy retumbó por todo el viejo teatro. La niña se quedó sentada tal y como había caído, esperando el inexorable golpe seco del señor Harrison. Sin embargo, este no llegó.
-¿Qué haces, querida? ¿Acaso crees que voy a pegarte? –Su voz era tranquila y suave cuando la cogió por las muñecas y la hizo incorporarse. Lucy desvió la mirada hacia sus compañeras, que mantenían el rostro sereno.- Nunca te he pegado, pequeña. Dime, ¿Te he pegado alguna vez?
-No señor.
-Dime, niña, ¿Acaso no te he dado un techo? ¿No he compartido mi comida contigo? –El enorme señor Harrison echaba su aliento sobre la pálida tez de ella. Podía ver claramente todos los restos de comida de su barba y de sus amarillentos dientes.- Sólo te he pedido una cosa, niña, dulce niña. Sólo una cosa a cambio de mi hospitalidad.
-El suelo tenía una tablilla suelta. –Balbuceó.
El señor Harrison rió fuertemente y se separó de ella. Con una media vuelta bajó del desvencijado escenario y se sentó en una de las sillas junto a su mujer, una señora tan redonda como desagradable, que las miraba con una media sonrisa.
-Venga, volved a empezar. –Berreó el orondo y nada caballeroso señor.
Acto seguido, Nicole, que era la mayor de toda ellas, comenzó a tocar el piano. El sonido que desprendía estaba ligeramente desafinado, pero su interpretación era endiabladamente excelente. Y menos mal, pues si hubiese cometido un solo fallo, habría corrido la misma suerte que Lucy.
Las demás niñas, todas más altas que ella aunque no necesariamente mayores, comenzaron a bailar la ya muy repetida coreografía que la señora Harrison les había enseñado. Si aquella torpe danza resultaba horrenda no era por las preciosas niñas que la interpretaban, sino porque francamente la señora Harrison no tenía talento alguno para la puesta en escenario. La madera bajo sus pies no paraba de crujir, y las muchachas movían sus cuerpecitos como si su vida dependiera de ello. Sin embargo Lucy no podía más, llevaba demasiado tiempo bailando y no tardó en tropezar con sus propios pies y caer redonda al suelo.
Esta vez el golpe sí llegó, y la niña notó el sabor metálico de su propia sangre en la boca. Ni siquiera gritó, no fue capaz. La garganta no le respondía, si intentaba emitir algún sonido, ésta se le cerraba y le impedía respirar. Optó por callarse, mientras el enorme hombretón la cogía de un tobillo y la arrastraba a lo largo del abandonado teatro. Nicole fue la única que intentó impedirlo, y ese fue su gran error. Al abandonar la seguridad del piano y acercarse gritando, fue presa fácil de la señora Harrison, que la agarró por el vestido, desgarrándolo.
-¡Lucy está cansada, señor Harrison! –Logró decir, antes de caer al suelo- ¡Por favor, lleva todo el día ahí arriba!
El aludido paró en seco y le dedicó una mirada contrahecha.
-¡¿Y para qué coño quiero yo una niña cansada?! –Bramó- ¡No voy a mantener a una niña inútil!
-¡Por favor!
Lucy levantó la mirada para buscar los ojos claros de Nicole, que la miraban con auténtica determinación. La pequeña supuso que los suyos sólo podían transmitir miedo, y se sintió avergonzada por ello.
-Nicole, no seas idiota. –La más pequeña del grupo sonrió con tristeza- No me defiendas, por favor.
La pianista suspiró, dejando que la señora Harrison la agarrase y la llevase de vuelta al escenario. Lucy terminó de ser arrastrada hasta la puerta, y notó el aire gélido de la noche como una bofetada en la cara. Prácticamente fue arrojada en medio de la calle, ante la atenta mirada de un hombre patético y de rostro anguloso, que no hizo otra cosa que escupir hacia un lado y escuchar sus gimoteos.
-Señor, le juro que mejoraré. Se lo juro. No… No puede echarme.
-No, querida, se acabó. –Le dio la espalda- Vuelve a robar carteras, se te daba bien.
La niña se acurrucó en el suelo, mirándolo, con la esperanza de que cambiase de opinión. Sin embargo, la puerta del teatro se cerró, y entonces fue totalmente consciente de que le dolían los tobillos, las muñecas y las mejillas. Se arrastró a duras penas por las calles empedradas, las mismas calles que en primavera le parecían tan hermosas, en otoño, y a esas horas de la noche, no eran más que una trampa mortal para una muchacha mínimamente bonita. Consiguió levantarse y salir del callejón, dirigiendo todos sus pensamientos hacia Nicole, la única que había intentado defenderla. Era idiota. Nicole era la favorita del matrimonio Harrison, por el simple hecho de saber tocar el piano. No hay muchas niñas huérfanas que supiesen hacerlo, y menos tan bonitas como ella.

Lucy era muy buena bailarina, pero su pequeño cuerpecito apenas aguantaba las muchas exigencias del matrimonio. Además, no había crecido como el resto de las niñas, y quedaba muy poco estético que las bailarinas fuesen todas de distinta estatura. Era el tercer día que se caía del escenario. Sus tobillos se habían hinchado en exceso, y su cabeza no paraba de doler por la falta de sueño. Aún así, no se sentía aliviada por haber salido de ese infierno. Una vez en la calle, no había forma de sobrevivir. Allí no había comida todos los días, ni una cama mullida donde dormir.
Aún así la ausencia de gritos la reconfortó. Por una vez en cinco años, era libre. Dolorida y sin esperanzas, pero libre.
El problema era que no podía robar. Ya no era una niña de diez años que se colaba entre las piernas de los burgueses, ni daba pena si se acercaba a algún aristócrata pedante. Si alguien con un poco de dinero en el bolsillo la viese, se aseguraría de no acercarse demasiado, y ella no podía culparlos.
Por un momento recordó a su madre. Recordó su voz dulce y tranquilizadora, su pequeña casa a las afueras de Londres. Y recordó a su hermana, aunque ni siquiera sabía su nombre, y su apellido, cosa que no todos los críos de Londres poseían.

Dobló una esquina y se encontró en una calle llena de casas enormes, casas que podrían acoger cada una al menos a cincuenta niños de los muchos que rondaban las calles. Lucy supuso que muchas de ellas tenían tan solo un ocupante, pero no tenía tiempo para lamentarse por las injusticias de ese tipo. Sólo tenía ojos para una pareja que se acercaba en la oscuridad, caminando hacia ella. La pequeña se ocultó tras un seto frondoso y extremadamente cuidado, pero aún así, un rostro femenino, hermoso y preocupado asomó sobre él.
-Querido, mira esto. –La señorita le tendió la mano. Una mano pálida y sin callos, que no habían conocido el trabajo.- Está herida.
El caballero que la acompañaba se agachó sobre ella. Era joven, apenas unos cinco años mayor que ella, de cabello negro y frondoso, y cuerpo alargado, pero atlético. Lucy sintió miedo, había conocido a muchos caballeros, y todos ellos la habían mirado con odio, desprecio y asco. Aquel, por el contrario, la observó con sus despistados ojos acuosos, y sonrió.
-Sientes debilidad por las causas perdidas, ¿No? –Suspiró- ¿Cómo te llamas?
La pequeña retrocedió.
-Lucy. Winters. Lucille Winters.
Acto seguido, se desvanecieron los hermosos rostros que la observaban, y se dejó atrapar por el cansancio y el dolor.

sábado, 23 de febrero de 2013

Jane [I] - Lucidez.


Después de una semana que le parecieron meses, ella volvió.
Habían sido siete días oscuros, efímeros y difusos. El apartamento ahora era su prisión en lugar de su escondite. Una prisión llena de botellas de bourbon, cuadernos de notas, cocaína y rapé, todo ello en una sucesión sin sentido de lucidez y locura. Habían sido siete días en los que apenas había comido la sopa que la pequeña Chlóe le dejaba en el suelo por las mañanas. Siete días sin asomarse por la ventana, sin ver la luz del sol. Siete días acurrucado en un suelo frío y maloliente, con la esperanza de verla de nuevo.
Cuando Jane entró en su prisión, lo hizo acompañada de un intenso olor a vainilla y una brisa invernal que no tardó en inundarlo y reconfortarlo todo. Siempre le dolía ver cómo ella, que siempre había vivido en la más lujosa comodidad, dedicaba toda la mañana a limpiar, ordenar y ventilar el apartamento. Jane tiraba las botellas vacías a la basura, apilaba los cuadernos de notas, escondía la cocaína y metía todo el rapé en una cajita de madera. Después, mandaba a la pequeña Chlóe a por flores y se acercaba al aristocrático dueño de aquel infierno hecho hogar.
Siempre se repetía el mismo guión, como de una ópera trágica se tratase. Ella lo incorporaba del suelo, le reprendía por su situación y lo adecentaba. Él se dejaba hacer, mirándola sin verla realmente, como quien ve un fantasma. Como todos los sábados, lo desnudó con cuidado y parsimonia, le informó de lo que había ocurrido durante la semana, y, con ayuda de Chlóe, lo metió en la bañera.
-Vamos a casa de Lord Latterly.
-¿Por qué?
Jane sonrió y escurrió la esponja en su frente, alegrándose de que finalmente recuperase la lucidez.
-Porque los Latterly celebran una fiesta cada mes en su casa, y si no asistes, te vendrá mal. –Él bufó, dándole a entender que no le importaba- Vamos, Démian, te lo pasarás bien, estará Diana. –Suspiró- Y Elizabeth.
-Y los Latterly.
-Y los Latterly –Asintió ella.
Se hizo el silencio.
-Creí que no vendrías.
Jane lo incorporó para lavarle el abundante pelo negro, al mismo tiempo que evitaba su mirada.
-¿E ir yo sola a esa fiesta llena de pedantes e hipócritas? –Rió- Ni en sueños.
-¿Prefieres ir con un fracasado? –Démian se contagió de la risa de ella, cosa que le hizo toser por un momento. Jane pasó la mano por su espalda, en gesto conciliador.
-Prefiero ir con Démian Lyons, hijo de Lord Lyons y promesa literaria. ¿Te suena de algo?
-No lo conozco.
La muchacha lo miró con gesto torvo y pasó a afeitarle aquella barba desaliñada que tan atractiva le parecía a ella, a pesar de que no estuviese socialmente aceptada. Acabó con ella en cuestión de cinco minutos, con una cuchilla vieja, y acto y seguido sacó a Démian de la bañera, esta vez sin ayuda.
Desviando la mirada para evitar su completa desnudez, eligió para él unos pantalones, una camisa, una impecable chaqueta y una corbata verde esmeralda. Démian logró vestirse a duras penas, aunque Jane tuvo que ayudarlo con los botones de la camisa y con el nudo de la corbata, que los dedos temblosos del escritor no pudieron manejar. Una vez tuvo un aspecto aceptable, pasó a cambiarse ella. Había elegido un vestido verde, a juego con la corbata de Démian, de seda y un corte nada pasado de moda. Se deshizo del vestido que había usado para limpiar la casa y a su propietario y se lo entregó a Chlóe como regalo. Para ella, ya no era posible volver a utilizarlo.
Salió al recibidor con el cobrizo cabello recogido elegantemente, y el corsé menos apretado de lo que requería la situación. Sus ojos oscuros buscaron los claros y acuosos de Démian, que se había sentado en una silla, y la miraba con expresión cansada. Jane se aproximó a él y lo rodeó con sus brazos.
-No puedes seguir así y lo sabes. – Le susurró.- No puedes.
-No, claro que sí. Eres tú la que pierde el tiempo conmigo. –De repente sonrió, como si hubiese recuperado su carácter mordaz e ingenioso- Cualquiera diría que te has encariñado de mí.
-Sólo porque me compras cosas bonitas y dejas que lea el periódico.
-Vaya, y yo que me hacía ilusiones. – Démian la separó de sí y la miró con desdén.- ¿Lees el periódico porque lo que yo escribo no te parece interesante?
-Leo el periódico porque no escribes nada, querido.
La muchacha se dio la espalda y pasó a mirarse al espejo para asegurarse de que su vestido era más bonito que los que posiblemente llevarían las jóvenes de su edad. Sabía que Diana iría de amarillo, un color que solo a ella podía sentarle bien, y supuso que Elizabeth Atkins iría de azul oscuro, porque según ella, era el color que mejor le sentaba, y seguramente iría a la fiesta con intención de agradar al heredero de Lord Latterly.

Se había pasado el último año visitando a Démian todos los sábados, desde que éste cayó en sus mundanos vicios y se dio cuenta de que, por mucho que lo intentase, aquel era un mundo que no podía cambiar escribiendo unas cuantas palabras en un papel. El aristócrata joven había decidido encerrarse en aquel lujoso, aunque pequeño y maloliente apartamento, con la esperanza de que, si no contactaba con el mundo exterior, nada de lo que ocurriera en él le afectaría.
Jane se había empeñado en sacarlo de su agujero, ya que al fin y al cabo, después de la prematura muerte de su hermano mayor, Démian se había convertido automáticamente en el heredero de la familia, y futuro Lord Lyons, y Jane no podía permitir que un futuro Lord perdiese todas sus credenciales al no dejarse ver en público, y mucho menos permitir que su estado mental y físico fuera sujeto de comentarios impropios en las reuniones sociales.
Por eso la muchacha se preocupaba de sacarlo de su agujero y enseñarle la luz del sol de vez en cuando.
-Alessia, querida, ¿Dónde has puesto la caja?
Démian rebuscaba los cajones con expresión despistada. Era la primera vez en toda la semana que era consciente de sus actos, y de repente aquello lo abrumaba sobremanera.
-A buen recaudo. –Jane suspiró y le cogió del brazo. Bajaron juntos por las escaleras al portal, donde les esperaba el carruaje de la familia Owlfire. Henry, el cochero, apagó con avidez su pipa en cuanto vio a la señorita salir del edificio.
-¿Me permite? –Un lacayo le tendió la mano para ayudarla a subir, pero ella negó con la cabeza y señaló a su compañero, que era el que realmente necesitaba ayuda.
Ella subió por su propio pie.
-Chlóe, ¿Querrías lavar las sábanas del señor Lyons antes de que volvamos?
La jovencísima doncella asintió con la cabeza, y el carruaje salió a buen ritmo hacia la casa de Lord Latterly. Jane apoyó su cabeza en el hombro de Démian y cerró los ojos, dejándose llevar por el vaivén de las ruedas sobre el pavimento londinense.