Después de una semana que
le parecieron meses, ella volvió.
Habían sido siete días
oscuros, efímeros y difusos. El apartamento ahora era su prisión en lugar de su
escondite. Una prisión llena de botellas de bourbon, cuadernos de notas, cocaína
y rapé, todo ello en una sucesión sin sentido de lucidez y locura. Habían sido
siete días en los que apenas había comido la sopa que la pequeña Chlóe le
dejaba en el suelo por las mañanas. Siete días sin asomarse por la ventana, sin
ver la luz del sol. Siete días acurrucado en un suelo frío y maloliente, con la
esperanza de verla de nuevo.
Cuando Jane entró en su
prisión, lo hizo acompañada de un intenso olor a vainilla y una brisa invernal
que no tardó en inundarlo y reconfortarlo todo. Siempre le dolía ver cómo ella,
que siempre había vivido en la más lujosa comodidad, dedicaba toda la mañana a
limpiar, ordenar y ventilar el apartamento. Jane tiraba las botellas vacías a
la basura, apilaba los cuadernos de notas, escondía la cocaína y metía todo el
rapé en una cajita de madera. Después, mandaba a la pequeña Chlóe a por flores
y se acercaba al aristocrático dueño de aquel infierno hecho hogar.
Siempre se repetía el
mismo guión, como de una ópera trágica se tratase. Ella lo incorporaba del
suelo, le reprendía por su situación y lo adecentaba. Él se dejaba hacer, mirándola
sin verla realmente, como quien ve un fantasma. Como todos los sábados, lo
desnudó con cuidado y parsimonia, le informó de lo que había ocurrido durante
la semana, y, con ayuda de Chlóe, lo metió en la bañera.
-Vamos a casa de Lord
Latterly.
-¿Por qué?
Jane sonrió y escurrió la
esponja en su frente, alegrándose de que finalmente recuperase la lucidez.
-Porque los Latterly
celebran una fiesta cada mes en su casa, y si no asistes, te vendrá mal. –Él bufó,
dándole a entender que no le importaba- Vamos, Démian, te lo pasarás bien,
estará Diana. –Suspiró- Y Elizabeth.
-Y los Latterly.
-Y los Latterly –Asintió ella.
Se hizo el silencio.
-Creí que no vendrías.
Jane lo incorporó para
lavarle el abundante pelo negro, al mismo tiempo que evitaba su mirada.
-¿E ir yo sola a esa
fiesta llena de pedantes e hipócritas? –Rió- Ni en sueños.
-¿Prefieres ir con un
fracasado? –Démian se contagió de la risa de ella, cosa que le hizo toser por
un momento. Jane pasó la mano por su espalda, en gesto conciliador.
-Prefiero ir con Démian
Lyons, hijo de Lord Lyons y promesa literaria. ¿Te suena de algo?
-No lo conozco.
La muchacha lo miró con
gesto torvo y pasó a afeitarle aquella barba desaliñada que tan atractiva le
parecía a ella, a pesar de que no estuviese socialmente aceptada. Acabó con
ella en cuestión de cinco minutos, con una cuchilla vieja, y acto y seguido sacó
a Démian de la bañera, esta vez sin ayuda.
Desviando la mirada para
evitar su completa desnudez, eligió para él unos pantalones, una camisa, una
impecable chaqueta y una corbata verde esmeralda. Démian logró vestirse a duras
penas, aunque Jane tuvo que ayudarlo con los botones de la camisa y con el nudo
de la corbata, que los dedos temblosos del escritor no pudieron manejar. Una
vez tuvo un aspecto aceptable, pasó a cambiarse ella. Había elegido un vestido
verde, a juego con la corbata de Démian, de seda y un corte nada pasado de moda.
Se deshizo del vestido que había usado para limpiar la casa y a su propietario
y se lo entregó a Chlóe como regalo. Para ella, ya no era posible volver a
utilizarlo.
Salió al recibidor con el cobrizo
cabello recogido elegantemente, y el corsé menos apretado de lo que requería la
situación. Sus ojos oscuros buscaron los claros y acuosos de Démian, que se había
sentado en una silla, y la miraba con expresión cansada. Jane se aproximó a él
y lo rodeó con sus brazos.
-No puedes seguir así y lo
sabes. – Le susurró.- No puedes.
-No, claro que sí. Eres tú
la que pierde el tiempo conmigo. –De repente sonrió, como si hubiese recuperado
su carácter mordaz e ingenioso- Cualquiera diría que te has encariñado de mí.
-Sólo porque me compras
cosas bonitas y dejas que lea el periódico.
-Vaya, y yo que me hacía
ilusiones. – Démian la separó de sí y la miró con desdén.- ¿Lees el periódico
porque lo que yo escribo no te parece interesante?
-Leo el periódico porque
no escribes nada, querido.
La muchacha se dio la
espalda y pasó a mirarse al espejo para asegurarse de que su vestido era más
bonito que los que posiblemente llevarían las jóvenes de su edad. Sabía que
Diana iría de amarillo, un color que solo a ella podía sentarle bien, y supuso
que Elizabeth Atkins iría de azul oscuro, porque según ella, era el color que
mejor le sentaba, y seguramente iría a la fiesta con intención de agradar al
heredero de Lord Latterly.
Se había pasado el último
año visitando a Démian todos los sábados, desde que éste cayó en sus mundanos
vicios y se dio cuenta de que, por mucho que lo intentase, aquel era un mundo
que no podía cambiar escribiendo unas cuantas palabras en un papel. El aristócrata
joven había decidido encerrarse en aquel lujoso, aunque pequeño y maloliente
apartamento, con la esperanza de que, si no contactaba con el mundo exterior,
nada de lo que ocurriera en él le afectaría.
Jane se había empeñado en
sacarlo de su agujero, ya que al fin y al cabo, después de la prematura muerte
de su hermano mayor, Démian se había convertido automáticamente en el heredero
de la familia, y futuro Lord Lyons, y Jane no podía permitir que un futuro Lord
perdiese todas sus credenciales al no dejarse ver en público, y mucho menos
permitir que su estado mental y físico fuera sujeto de comentarios impropios en
las reuniones sociales.
Por eso la muchacha se
preocupaba de sacarlo de su agujero y enseñarle la luz del sol de vez en
cuando.
-Alessia, querida, ¿Dónde
has puesto la caja?
Démian rebuscaba los
cajones con expresión despistada. Era la primera vez en toda la semana que era
consciente de sus actos, y de repente aquello lo abrumaba sobremanera.
-A buen recaudo. –Jane suspiró
y le cogió del brazo. Bajaron juntos por las escaleras al portal, donde les
esperaba el carruaje de la familia Owlfire. Henry, el cochero, apagó con avidez
su pipa en cuanto vio a la señorita salir del edificio.
-¿Me permite? –Un lacayo
le tendió la mano para ayudarla a subir, pero ella negó con la cabeza y señaló
a su compañero, que era el que realmente necesitaba ayuda.
Ella subió por su propio
pie.
-Chlóe, ¿Querrías lavar
las sábanas del señor Lyons antes de que volvamos?
La jovencísima doncella
asintió con la cabeza, y el carruaje salió a buen ritmo hacia la casa de Lord
Latterly. Jane apoyó su cabeza en el hombro de Démian y cerró los ojos, dejándose
llevar por el vaivén de las ruedas sobre el pavimento londinense.
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